Participación ciudadana y elecciones

antoniomadrigal

 

Dr. Ismael Reyes


 

El mundo sería mejor si todos cumpliéramos uno de los mandamientos de Dios “Amar a tu prójimo como a ti mismo”, e. Incorporar a nuestra vida el verdadero espíritu con que Jesucristo dijo aquellas trascendentales palabras.

Amar a tu prójimo como a ti mismo significa tener la capacidad de colocarte en el lugar del otro. Sobre todo si ese otro sufre en mayor grado que nosotros las consecuencias de vivir en una sociedad que democratiza la pobreza y limita el bienestar.

Amar a nuestro semejante rebasa el sentimiento conmiserativo de piedad, es mucho más que rezar y orar por la suerte de nuestros iguales. Es algo que reclama de nosotros una solidaridad real que todo dominicano debe de practicar. Los dominicanos no vivimos en Marte sino en la Tierra y en este planeta cada uno de nosotros vive en el contexto particular de su propia realidad, en cada país, sufriendo lo ‘bueno y lo malo’ que allí sucede, por lo cual no somos ajenos a los problemas, que de una u otra manera tocan nuestra carne y nuestra mente.

Ser dominicano no es convertirnos en un ser abstracto y como parte de nuestra sociedad sufrimos con ella todo lo que amerita ser corregido de manera concreta. Ser dominicanos con valores patrio, quiere decir que no podemos rehuir a nuestras responsabilidades de ser factores de la provocación de cambios positivos.

Aunque como dominicano, sin importar credo o religión ni color, esperanzados en que el cruce terrenal es solo una transición a la puerta celestial, debemos vivir con los pies en la tierra, pero sin dejar de pensar en el bienestar de nuestra patria, para lo cual deberemos de contribuir. Pisar la tierra significa asumir un compromiso de participación en la solución de los problemas que flagelan a la mayoría de los pobres. Esa es la mejor forma de darle sentido práctico a nuestras vidas y contribuir a mejorar la calidad de vida de nuestros hermanos.

Y nada mejor que demostrar que amamos a la persona como lo hacemos con nosotros mismos que procurarles su bienestar, el acceso a la salud, a la educación, a la nutrición, al trabajo y a una vivienda digna. Pero para conseguir eso no bastan las oraciones, hace falta acciones que ayuden a nuestras invocaciones a cambiar el derrotero habitual de las cosas.

Transformar un país desde las estructuras sociales y económicas implica que todos los dominicanos nos tomemos bien en serio que ese prójimo que sufre, estaría mejor servido si lo colmamos de mejores atenciones a partir de instaurar un gobierno de unidad que se ocupe y se preocupe de proveerles lo que merecen como seres humanos hijos de Dios.

Quizás la animadversión de algunos compatriotas de participar en política ha sido más hacia el concepto y práctica de la “politiquería” el cual responde mejor a la realidad con que se ha hecho la política en América Latina.

Todos convenimos en que esta sociedad en la que vivimos no es la mejor, porque está llena de carencias y privaciones que conspiran contra la voluntad de nuestro Señor de que todos vivamos una vida en abundancia y llena de bendiciones. Y en esa sagrada voluntad figura que la riqueza debe ser distribuida con sentido de justicia y que a cada ser humano se le dé la oportunidad de trabajar y construir su bienestar con el menor nivel de obstáculos estructurales posibles.

El ser humano se resiste psicológicamente a dar por sentado que no existen posibilidades de escape ante una situación de acorralamiento y peligro existencial. Quedarse sentado en la sensación del derrotismo, no es el estado natural del hombre. Nos negamos a aceptar nuestra suerte como un determinismo del destino o de la vida. Por eso batallamos continuamente, rompiendo lanzas contra las dificultades.

Cuando sentimos que nuestras fuerzas se desgastan y que no bastan por si solos nuestra voluntad y nuestro instinto de supervivencia, rogamos a la Providencia a que nos ayude a capear los malos temporales de nuestras circunstancias. Por eso nos aferramos a la esperanza como lo último que debemos perder. De la misma manera que el enfermo terminal cree y se adhiere con toda la fuerza de su fe a la idea de la posibilidad de curación y salvación.

Vemos como muy esperanzador el hecho de que la situación actual provocara un despertar en todos los dominicanos que han decidido no quedarse al margen de la vida y de los problemas que sufren sus semejantes en este tipo de sociedad que vivimos, contribuyendo con el esfuerzo holístico que necesita la nación, superar todos los obstáculos que nos conducirán a ser una nación prospera.

Todos los dominicanos debemos pedirle a Dios iluminación, de forma tal que nos permita orientar mejor nuestras acciones, debemos tener la perspicacia de descubrir que quiénes nos rigen o aspiran a regir los asuntos públicos tienen las mejores condiciones para hacer cumplir la sagrada voluntad divina de que los seres humanos no fuimos creados para vivir una vida de precariedades.

Ya es hora de que todos nos integremos, superando la connotación negativa que tenemos acerca de la política. Se hace imperativo que toda la sociedad participe para que puedan contribuir a crear un historial distinto al que hasta ahora hemos conocido, vamos a curar hasta sanar a nuestro país.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.