Florida es fascinación para los latinos

Playas, sol, calles, avenidas, autopistas, casas desfilando por nuestras asombradas pupilas. “Si se parece a lo que dejamos atrás”. Pero todo es inmenso. La realidad nos enseña que todos tenemos que salir a trabajar, todos, hasta los más pequeños, porque los “biles” hay que pagarlos y puntualmente.

Miami - Fotos: Fuente externa
Miami – Fotos: Fuente externa

Miami, la capital del sol, la del sueño americano. Por aquí comenzamos. En nuestros países de origen. Primero fue una idea, algo que poco a poco se fue convirtiendo en un propósito. Empezamos a conversarlo, como con temor. “¿Qué dirán? Que estamos locos”. Si, hablamos de los venezolanos, no se nos conocía como emigrantes. Viajábamos. Disfrutábamos del “tá barato, dame dos”.

Orlando, Disney y sus parques, pero normalmente regresábamos después de las vacaciones a seguir en la Patria, llámese Venezuela, Cuba, las balsas que semejan – cajitas de fósforo – México, -a pie cruzando la inhóspita frontera, o encaramados en el tren de la muerte- Colombia -los malqueridos de años atrás- República Dominicana -cuántas vidas se pierden en el Caño de la Mona y/o en las fauces de los tiburones- Nicaragua, Puerto Rico, El Salvador, Honduras. “Si sigo nombrando países se termina el espacio y vendría el cartelito: esta historia continúa”.

Qué nos espera. No sabemos. Una esperanza. Una ilusión. “Allá en el gigante del norte hay oportunidades, trabajo. Si le ponemos corazón prosperaremos. Nos compraremos una casita. Todo el mundo tiene carro. Los muchachos podrán estudiar. “Pero”.
Y aparecen los “peros”. El idioma. “No, eso no importa. Allá todo el mundo habla español”. Y los papeles. La visa se vence. Los que entraron legalmente. Los hijos se casan y nos piden. No es tan difícil. “Aquí nos estamos muriendo de hambre. Los chamos no tienen futuro. O malandro, ladrón, drogadicto, o caminadora, Prostitutas.”

La idea se convirtió en propósito. Sueño. Obsesión. Si vivir en Miami es casi lo mismo que aquí. Miami, Florida, aceleraba los latidos del corazón. Era como el mito del Dorado para los conquistadores españoles.

Y el trasladarse a Miami, se transformó en fascinación para los latinoamericanos, especialmente para los nativos del Caribe. “los Caribeños”, pues.

Miami - Fotos: Fuente externa

Y al fin con un suspiro de esperanza pero también con angustia y temor, tristeza por los que se quedaban y los viejitos de la casa con el llanto en los ojos, nos decidimos, despegamos, arrancamos y los que pudimos llegamos.

Miami, Florida, playas, sol, calles, avenidas, autopistas, casas desfilando por nuestras asombradas pupilas. “Si se parece a lo que dejamos atrás”. Pero todo es más grande, inmenso. Hay que ponerle. La realidad nos enseña que todos tenemos que salir a trabajar, todos, hasta los más chiquitos, porque los “biles” hay que pagarlos y puntualmente.

Casas y apartamentos, condominios y trabajo, pero en la mayoría de los casos no en lo que hacíamos en nuestras ciudades. Doctores, abogados, alcalde, gobernador. Aquí hay que darle a lo que se consiga, desde mesoneros, “vale parking”, cortadores de grama, las mujeres limpiando casas, cuidando niños y enfermos. Trabajar y estudiar, rentar una habitación. Unos arriba de otros. Después el apartamento. La casita con patio. Reunir para comprar porque aquí y en eso no nos equivocamos, si cuidamos el crédito -pagamos lo que nos fíen- si podemos comprar.

Pero hasta eso está cambiando un poco, porque se ha construido tanto, ha venido y sigue llegando gente de todas partes que hasta se dan el lujo de comprar de contado -cash- que todo está subiendo de precio y se hace difícil conseguir algo. La explosión demográfica tiene lugar ahora hacia el sur y oeste de Kendall.

Menos mal que hemos aprendido y ya tenemos compañias y empresas de servicio. Trabajamos por cuenta propia, pagamos impuestos y cada día somos más importantes como comunidad. Ya que nuestros negocios, los creados por latinos, han crecido muchísimo. Y lo mejor es que se siguen multiplicando, lo que certifica nuestro rápido crecimiento hasta el punto que se nos toma en cuenta porque estamos contribuyendo con el progreso, desarrollo económico, cultural, educativo y engrandecimiento de esta gran nación que se reconoce como los Estados Unidos de América. Somos hasta bilingües y hemos logrado con orgullo que hasta los mismos gringos quieran aprender a comunicarse en nuestro idioma español.

Tenemos gente incursionando no sólo en la política sino encumbrándonos cada vez más en importantes cargos en los gobiernos, en el senado y en la cámara de representantes. Ya nos contamos por cientos en las escuelas, academias y universidades. Esa debe ser nuestra consigna estudiar. Prepararnos en carreras cortas y técnicas. Que nuestros muchachos trabajen sé, pero que por encima de todo estudien. Se gradúen. Obtengan su diploma en lo que sea.

Somos tantos en cantidad y calidad, que con nuestros votos hasta elegimos presidentes. Ejemplo viviente, Barack Obama. El mandamás de la primera potencia del mundo.

Cuando llegue la época de los rascacielos nuestras banderas, las banderas de los hispanos, latinoamericanos, centroamericanos y/o caribeños, flamearán triunfales, ondearán exitosas, no sólo aquí en la patria grande, sino en la chica, porque desde nuestros más apartados y añorados pueblecitos, llegamos con nuestra consigna que nuestro esfuerzo y sudor, convirtió en doctrina: “allá trabajábamos para vivir, -sembrábamos- aquí en Miami, Florida. ¡Seguimos fascinados!

Antonio Madrigal

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