Gracias cubanos por “Cachita”…  su Virgen

El Caribeño News – Antonio Madrigal

Devotos en la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre
Devotos en la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre

Miami.- (exclusivo) Gracias a toda Cuba, la tierra y la gente hermosa del Mar de las Antillas, porque a pesar de ser un pueblo que sufre, se han traído su conga, su ron, cantos y bailes y esa alegría de vivir que nos transmite el aprender a amar a su virgencita morena, la de la Caridad del Cobre, madre de pobres y mineros esclavos que liberó con su espíritu, y se empina sobre el azul del mar, tan azul como sus ojos puros, desde la majestuosidad de su Ermita erigida en la Bahía de Biscayne, para decirnos, brazos abiertos, con nuestros hermanos cubanos: “Yo soy la Virgen de la Caridad, toda corazón para ustedes, inmigrantes, sal de la vida eterna”.

Y eso es lo que somos, soñadores, aventureros, venidos de otras tierras, con o sin papeles, indocumentados, pero nunca ilegales ni extranjeros, porque tenemos derecho a una vida mejor, para nosotros, para nuestras familias, para nuestros seres queridos y venimos a dar lo más intenso de nuestro esfuerzo para construir, para hacer más grande este país que nos acoge, para amasar el pan de la vida con sangre, sudor y lágrimas, porque somos hermanos, hijos, del mismo vientre bendito, del mismo Padre Celestial.

Santísima Virgen a ti clamamos, te rogamos. Es una súplica que brota de lo más íntimo, intercede con tu Hijo, el Cristo del Calvario, para que cese el martirio de las deportaciones. Que no haya más familias separadas, más criaturas con los ojitos abiertos y un susto en sus corazoncitos, preguntando por la madre o el padre que ya no tiene a su lado. Te lo pedimos Virgen Mambisa, Madre y Señora, Reina y Patrona de Cuba y de todos nosotros.

Qué hermosura sería vivir sin angustias, ni sobresaltos. Disfrutar de esta hermandad, de este crisol de razas, mujeres y hombres de todas las edades, repartidos, juntos, mezclados, que llegamos desde la diversidad de nuestra América, indios, blancos, morenos, negros, pero que queremos dar las gracias en especial a nuestros hermanos cubanos, que sin mezquindades de ninguna clase, aparte de recibirnos con los brazos abiertos y la sonrisa franca de bienvenida del latino, caribeño o hispano, para el caso es lo mismo, también nos enseñaron a amar, a venerar a su virgencita de la Caridad del Cobre, a su Reina morena, María, Madre del Cristo Redentor.

Y allá en nuestras patrias, ciudades y pueblos, también tenemos nuestras vírgenes, igual Marías y con deidad propia, que ejemplos existen muchas, pero tal vez por ser tan iguales, aquí en Miami, la capital del sol, con su luna de medianoche grande, redonda, sublime como cualquiera de nuestras lunas en la inmensidad del firmamento, los cubanos, los mismos que cruzaron el estrecho de la Florida hasta en balsas –y quién dice que no- construidas con hojas de tabaco y cajitas de fósforo, dejando más de un ser querido durmiendo el sueño eterno al vaivén acompasado de las olas, y no me cansaré de repetirlo y gritarlo para que retumbe entre las paredes del Santuario de la Ermita, nos brindaron la blancura impoluta del vestido con que se le apareció flotando en el mar, a los dos indiecitos hermanos y al niño negro esclavo, con el Niño Jesús acunado en sus brazos y la pureza de su mirada diciendo: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.

Gracias, hermanos cubanos. Gracias, Dios misericordioso, ahora sí nos sentimos en casa. Amén y Amén.

BREVE HISTORIA

Revela la historia, que un día maravilloso, con un sol radiante que tuesta la piel y calienta los huesos, dos hermanitos indios, Rodrigo y Juan de Hoyos y un niño negro esclavo llamado Juan Moreno, zarparon en una canoa sobre las aguas de la Bahía de Nipe, hoy provincia de Holguín, a recolectar sal en la cercana salina, con la brisa marina soplando en sus oídos.

Después de un buen rato de ir remando con ganas y cantando alegres, como guiados por la estrella de la mañana que de repente aumentó su brillo, divisaron entre la espuma de las encrespadas olas una pequeña y bendita imagen que se fue aclarando hasta presentarse, con un Niño Jesús en los brazos, flotando en el mar en una tablilla, donde podía leerse milagrosamente: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.

Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, desde este sublime momento, su nombre y su figura, perduran en la mente y el corazón de todos los cubanos que la veneran, donde quiera que se encuentran, porque Ella les engrandece el alma y les conduce como mansos siervos a Jesús, su divino Hijo.

La llevaron al humilde Hato de Barajagua para construirle un templo y estuvo allí dos largos años, hasta que la trasladaron a las montañas de las minas de El Cobre, donde creció la devoción entre los desvalidos trabajadores de todas las razas, indios, negros, blancos, mulatos, a quienes salvó de la esclavitud, convirtiéndolos en una gran familia, hijos del mismo Padre Celestial y de la misma Madre María.

Le llaman “La Mambisa” por haberla invocado los soldados mambises durante la guerra de la independencia.

Le llaman “Cachita”, diminutivo cariñoso de Caridad. Porque hay que tener siempre presente que contar la historia de Cuba en los últimos cuatrocientos años, es contar la historia de nuestra señora de la Caridad.

Decir Virgen de la Caridad es para cualquier cubano que se precie de serlo, decir Patria y Madre, porque el verdadero pueblo la adora y la venera y la ha convertido en símbolo de cubanía y todas las esperanzas se cifran en Ella como la única capaz de unir a los cubanos de adentro y de fuera de la isla, a los que piensan distinto, cristianos, católicos, ateos, comunistas, porque esta virgencita morena que apareció en una ola, vestida de blanco, les brinda un alma de pobre sin soberbia, un corazón puro para ver a Dios y cumplir con el sagrado mandamiento de amarnos los unos a los otros.

 

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